El sistema ya avisaba de todo lo importante, pero en el idioma de los registros. Añadirle un modelo de lenguaje planteaba una pregunta incómoda: enviar los datos operativos de la propia infraestructura a un tercero. La solución construida no sale a Internet y no puede actuar por su cuenta.
El modelo ocupa la parte alta izquierda y no tiene ninguna flecha hacia el cortafuegos. Lo que llega a ejecutarse ha pasado antes por una validación determinista y por una confirmación humana. La inteligencia está en explicar; la autoridad, en otra parte.
Cada bloqueo automático llega explicado en castellano, con el origen geográfico y el proveedor de la dirección implicada. El estado del servidor se consulta preguntando en lenguaje natural, sin recordar comandos. Y los bloqueos manuales se piden hablando, pero se aplican tras una validación determinista y una confirmación explícita. Ningún dato operativo sale de la máquina y ninguna decisión del modelo llega al cortafuegos: la autonomía se concede sobre lo que se puede auditar, no sobre lo que impresiona.